Detesto, por ejemplo, que los taxistas me hablen del tiempo e inicien de pronto una retahíla de frases hechas. Ayer mismo, cuando iba hacia el Avenida Palace, me dijo el taxista algo sobre los litros de lluvia recogidos. En una pausa de su plúmbeo discurso, le cambié la conversación, le dije (sabiendo que iba a dejarle descolocado y mudo): «Hoy mismo me han dado la oportunidad de matar al mal tiempo. ¿Y sabe lo que he hecho?» Silencio casi angustioso, desconcierto. «Me he limitado a lavarle la cara al tiempo. Por eso llueve. Aunque no sé si habrá observado usted que en realidad no llueve.»

El Mal de Montano, Enrique Vila-Matas.